Ernesto Diezmartínez

Al inicio de Tonatzin Guadalupe (La creación de una nación) (México, 2023), segundo largometraje -aunque primero en solitario- de Jesús Manuel Muñoz, leemos en pantalla una inevitable cita del liberal y anticlerical mexicano decimonónico Ignacio Manuel Altamirano: “Nadie se exceptúa y nadie se distingue; es la igualdad ante la Virgen, es idolatría nacional”. Altamirano publicó estás líneas en el diario La República, en 1880, en una vivaz crónica de las festividades de esa tradicional “orgía guadalupana”, como la llama en otra parte del texto, que ocurre cada 12 de diciembre en todo el país. 

Se trata de un muy pertinente epígrafe para un filme documental que, como en la notable opera prima del cineasta, Un filósofo en la arena (2019) -codirigida con Aarón Fernández Lizur, y más pertinente que nunca por la reciente decisión de la Suprema Corte de levantar la prohibición de las corridas de toros-, se echa mano de todos los recursos estéticos, estilísticos, narrativos e intelectuales posibles, habidos y por haber, para entregarnos una visión que se pretende todoabarcadora del tema a explorar, en este caso, del -y perdón por la obvia redundancia- apasionado y apasionante guadalupanismo mexicano. 

De esta manera, después del citado epígrafe, por la pantalla desfilan imágenes lejanas y aéreas en exteriores -así como emotivas imágenes en interiores- de la Basílica de 

Guadalupe, el templo más concurrido de la fe católica en el mundo, visitado cada 12 de diciembre por 8 millones de personas. Este inicio nos ubica en una suerte de filme documental tan tradicional como el tema que aborda, sin embargo, el brillante montaje del propio Muñoz en colaboración con David Molina -también, por cierto, el cinefotógrafo del filme- nos mueve el tapete de inmediato, pues a continuación presenciamos el casting mismo de la película que estamos viendo a la que le sigue la aparición de un puñado de muy articuladas cabezas parlantes (traductores, historiadores, sacerdotes, lingüistas, antropólogos), además de entrevistas con algunos genuinos devotos de la Virgen, todo ello aderezado con fragmentos claves de los clásicos del cine nacional que han tratado, desde la ortodoxia creyente, el mismo tema de este filme, desde la seminal cinta muda Tepeyac (González, Ramos y Sáyago, 1917) hasta la populachera La virgen de Guadalupe (Salazar, 1976), pasando por las avilacamachistas La virgen que forjó una patria (Bracho, 1942) y La virgen morena (Soria, 1942). 

Esta atractiva estructura caleidoscópica permite que se fusionen en el mismo filme la reflexión antropológica más sesuda -los orígenes culturales del guadalupanismo- con provocadores cuestionamientos históricos de todos modos bien conocidos -la teoría sobre el autor de la imagen “divina” de la virgen, el escepticismo inicial sobre las apariciones-, todo ello aderezado con la representación dramática de los acontecimientos míticos/históricos (voz en off de Mabel Cadena) que, al mismo tiempo, se contrapone con las representaciones cinematográficas ya descritas, realizadas en la historia del cine mexicano. 

El resultado es un notable documental que, sin renunciar al respeto por la devoción guadalupana, nos presenta el lado racional e histórico de esa misma “idolatría”. Esa “orgía guadalupana” -para citar de nuevo a Altamirano- que en estos días renacerá en todo México, mientras en la música de fondo -¡del fondo del alma!- escuchamos el sonsonete pegajosísimo de la inevitable canción "Desde el cielo": "La guadalupana, la guadalupana/la guadalupana bajó al Tepeyac...". 

Ernesto Diezmartínez